Confinados dentro del confinamiento

Confinados dentro del confinamiento

Llevamos más de dos meses en confinamiento. Dos meses dan para mucho, o para poco. Dos meses pueden ser para el encuentro, o para el desencuentro. Dos meses pueden servir para desconfinarse dentro del confinamiento, o confinarse más dentro del confinamiento. Vamos, un confinamiento al cuadrado.

En mi trabajo como terapeuta han cambiado varios aspectos. De la mirada y el encuentro donde una simple mesa de despacho nos separaba físicamente pero no emocionalmente, hemos pasado a trabajar a través de plataformas digitales varias (por cierto, doy las gracias desde aquí al Colegio de Psicólogos de Madrid por ofertarnos una plataforma para hacer nuestras terapias que funciona bastante bien y protege los datos de una manera magistral) donde la distancia emocional se incrementa.

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También han cambiado algunas consultas y problemáticas que te plantean las familias. He tenido la suerte de ser seleccionado en un equipo de profesionales que estamos trabajando en la atención psicológica telefónica a familias vulnerables, a familias que necesitan un apoyo psicológico para afrontar esta nueva realidad que nos ha tocado vivir, repleta de miedos e incertidumbres (agradecer de nuevo al Colegio de Psicólogos por llevar estas iniciativas). Como siempre, sigo aprendiendo de las familias para poder seguir ayudando a otras familias.

Pues bien, uno de los temas que más consultan las familias es ¿qué hacer con mi hijo que no quiere salir de su habitación? O ¿qué hacer que ahora se puede salir, y mi hija no quiere porque tiene miedo? Es decir, menores confinados dentro del confinamiento.

Aquí te encuentras con diferentes posibilidades. Menores que no quieren salir de su habitación, ni de su casa. Menores que no quieren salir de su habitación, pero sí de su casa. Menores que quieren salir de su habitación, pero no de su casa. O menores que quieren salir tanto de su habitación como de su casa.

Los tres primeros casos son realidades familiares que se debe intervenir, que se deben modificar. Son realidades familiares, no causadas por el COVID al cien por cien, sino que ya tienen su historia de aprendizaje previa familiar. Por eso:

  1. Lo primero que hay que trabajar es reflexionar sobre qué pasaba antes en esa familia, cómo afrontaban nuevas realidades, cómo gestionaban los cambios, cómo manejaban las preocupaciones el mundo adulto, cuales sus habilidades para conectar con su hijo, el manejo de los conflictos cotidianos, la respuesta a sus preocupaciones, el uso de un lenguaje positivo o culpabilizador…
  2. Lo segundo es introducir cambios, mejorar lo que no funciona, formarte e informarte de cómo ejercer de forma más eficiente tu función de padre o de madre. Porque si estás en cualquiera de esos tres casos, algo debes modificar. Y los adultos los primeros, siempre.

Entre los cambios a introducir pueden ser:

  • Ser una fuente de información fiable para tu hijo o hija.
  • Saber equilibrar sus deseos e ilusiones con sus obligaciones y deberes.
  • Aprender a gestionar tus propias preocupaciones y miedos.
  • Hacer que el clima familiar sea predecible, amable con las emociones, coherente a la hora de poner límites, y positivo a la hora de gestionar los conflictos cotidianos.
  • Educar en la gestión de los riesgos y en la aceptación de la incertidumbre.
  • Saber distribuir las responsabilidades acordes a su ritmo evolutivo.
  • Mostrar confianza y respeto por las decisiones que ya debe gestionar por sí solo.
  • Acompañar en su proceso de crecimiento ofertando tu disponibilidad y aceptación incondicional.
  • Tener una visión del miedo mucho más pedagógica y adaptativa.
  • Y lo más inteligente, consultar a un especialista cuando se percibe que no se disponen de los recursos anteriormente descritos.

El confinarse dentro del confinamiento es una evitación. Y cuando el ser humano evita, es porque percibe potenciales peligros, reales , o no. El cerebro está diseñado para controlar la realidad, para sobrevivir. Por eso es inteligente detectar lo peligroso. Por eso tener miedo puede ser una conducta inteligente. Ahora bien, no es lo mismo tener miedo a un virus que a tu padre, o a la vida, a tus compañeros de clase, o a la calle. O al futuro.

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Psicólogo especialista en Psicología Clínica Infanto-juvenil y Terapeuta Familiar desde hace más de 25 años. Conferenciante sobre temas educativos, centrados en la parentalidad positiva, su modelo educativo consiste en dotar de herramientas a los padres y madres para que sepan poner límites de una forma respetuosa, con la responsabilidad y la felicidad como compañeras de viaje.

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