Infancia idealizada: un pie en el fracaso familiar

infancia idealizada

Cuando aparece el deseo de ser madre o padre, desde ese mismo momento, nace en el cerebro el hijo o la hija  “ideal”. También puede ser que la aparición de un hijo ideal en el cerebro, produzca el deseo de ser madre o padre. En cualquier caso, todas las madres y padres tienen en su cerebro la imagen de un hijo o hija ideal que evoluciona de forma progresiva, acercándose o alejándose de la realidad. La infancia se idealiza.

Nuestro cerebro anticipa. Para eso está, para sobrevivir. La conducta inteligente se basa en anticipar. Si te dicen que estás embarazada, anticipas.  Y anticipas sin límites. Puedes pensar hasta la carrera universitaria que te gustaría que hiciera tu hija, o el instrumento musical que quieres que toque tu hijo. Y está en tu barriga. No sólo piensas en el nombre que le vas a poner, sino también en la reacción que tendrán sus compañeros de clase cuando oigan su nombre,  y las posibles rimas que pueden hacer.

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Nadie puede luchar por la aparición de ese hijo ideal en el cerebro. No se puede extraer del cerebro. Si tu hijo tiene 4 años, te lo imaginas cuando vaya al colegio. Si tu hija tiene 11 años, te la imaginas en el Instituto. Y si tiene 16 años, te la imaginas en la Universidad. No hay quien saque al hijo ideal en nuestra cabeza.

Ahora bien, la realidad manda, y aparece el hijo o la hija real. El hijo ideal, para ti, a lo mejor, sería aquel que recoge la habitación, por ejemplo, pero el hijo real… La hija ideal sería la que al decirla Por favor cariño, deja ya tu teléfono móvil, pues te hace caso. Pero la hija real… Es una construcción compleja basada en tus creencias, valores, en lo que deseas. Es una construcción muy personal, idiosincrásica.

Si quieres que tu familia tenga ciertas garantías de éxito, debes realizar dos acercamientos: uno de tu hijo ideal al real (y si vives en pareja, de los hijos ideales de ambos progenitores). Y dos, del semáforo real al ideal.

  1. Hijo ideal vs hijo real: esto es sencillo de explicar, cuanta más distancia exista entre el hijo ideal y el real, más probabilidades de aparición y mayores dosis de sufrimiento, inseguridad y conflictos mal gestionados. Cada uno lleva su velocidad. Según crecen, crece el hijo ideal, y también el real. Si llevan velocidades parecidas, la cosa va bien. Pero si la velocidad del hijo ideal se dispara, o el hijo real se estanca, pueden empezar los problemas. Las madres, los padres, tenemos que aprender a ajustarnos al hijo real, tenemos que aprender a desprendernos de retales de nuestro hijo ideal.
  2. Semáforo ideal vs semáforo real: uno de los principales motivos de consulta que recibo se explica sencillamente: el semáforo ideal está bastante distanciado del real. En otras palabras, el reparto de las responsabilidades está desajustado. El semáforo real no gusta, no ayuda a responsabilizarse, a ser felices. Las habilidades parentales no se ejercen con coherencia, las contradicciones adultas lo invaden casi todo. Digo que no, pero luego me convencen. Digo que sí, pero luego lo negocio. Los cambios de color del semáforo imprevisibles generan inseguridad y escasa credibilidad. Y la inseguridad aumenta la distancia entre estos semáforos.

El camino del hijo ideal y del hijo real nunca será el mismo. Para que avance el real, debe avanzar el ideal. Y para que avance el ideal, el real debe estar cerca. A la distancia adecuada. Familias en la Nube te facilita que reflexiones, con sus cursos y publicaciones, para que acomodes la velocidad y disfrutes del viaje.

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Psicólogo especialista en Psicología Clínica Infanto-juvenil y Terapeuta Familiar desde hace más de 25 años. Conferenciante sobre temas educativos, centrados en la parentalidad positiva, su modelo educativo consiste en dotar de herramientas a los padres y madres para que sepan poner límites de una forma respetuosa, con la responsabilidad y la felicidad como compañeras de viaje.

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